De paso.

 

Nadie sabe de mí, de lo que entierro

debajo de mis muertos de domingo.

Si nazco en otros sueños o me extingo,

si quiero liberarme o si me encierro.

 

Nadie sabe de mí porque no hay nada

que pueda con mis dudas cuando dudo.

Nadie sabe de este dolor agudo

que llevo envenenado en la mirada.

 

Nadie sabe el motivo de mi risa,

ni la razón por la que sigo apenas

aunque apenas deba seguir, si acaso.

 

Será para vivirme más deprisa

o será por callarme tantas penas.

Tan solo sé que estoy aquí de paso.

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Pequeñísimo

De lo pequeño soy y al fin me vuelvo

tan pequeño de mí que me parece

que nada es tan pequeño en esta vida

tan pequeña y absurda que ni siente.

 

Imperceptible, exiguo como todo

lo muerto que se sacia de la muerte,

como el hedor de un hueso que no es hueso

porque nació sin hombre y solo hiede.

 

Un vacío sin orden, un desorden

tan trágico de tan desordenado

que nada se parece a lo que quiero.

 

La brevedad que nadie reconoce

en el grito que grita desbocado.

No soy más que la espera que no espero.

Del ángel que aparentas

No eres un ángel porque puedo verte

y puedo hasta tocarte

para sentir a esa mujer que duele

de la carne a la carne.

 

Te miro simple como cualquier hoja

sufriendo del otoño sus desaires,

como la hoja que en sus sueños quiso

despedirse y secarse.

 

Esa arruga en tu boca emancipada

imitando a las aves,

la sonrisa que finge y que procura

disimular las ganas de escaparte.

 

La mirada perdida en las aceras,

las manos sin saber dónde quedarse

y un guiño a tu melena desbordada,

desbordada de mares.

 

Lo sé. No tienes alas,

caminas  por las calles

y lloras como cualquier hombre llora

cuando el dolor te invade.

 

Lo sé , eres una mujer como otras

pero de cerca  pareces un ángel.

De lo innumerable.

Vuelvo a ser la pesadumbre

de una última caricia sin ti.

Vuelvo a escupirle al cielo,

a llorarle al mar por ti.

 

Me entrego tanto que no me queda

más alma que la que pierdo al nombrarte,

y me descubro al tiempo de las letras

más torcidas de tu silencio.

 

No podría con ese dolor que me provocas

ni un segundo más sin parar el tiempo…

por ti.

Solo por ti y para siempre.

 

Me engullo entre tus ojos

como un espejismo inútil.

Me atraganto entre tus manos

y solo estornudándome

aparento volver como un milagro.

 

Tal vez seamos el milagro de quedarnos

a pesar de huir para no verte,

porque contigo en mi memoria

todo sigue siendo cielo. Y mar.

 

Vuelvo a irme para sobrevivir,

para no morirme por odiarte.

Y sigo siendo el mismo que te amó

sin que supieras hasta cuánto.

Ahora sé que nunca vas a amarme

He vivido el amor de contrabando

y lo escondí en el alma, lo escondía

por el miedo a asustarlo mientras ando

esclavo del dolor de tu melancolía.

 

He vivido el amor hueco y prestado

que alguna noche vaga por la vida.

He retado a la rabia en mi costado

y fingido aceptar tu despedida.

 

He matado por ti las ganas de quererte

más de lo que jamás habré querido.

Volví a nacer por ti y a comenzarme.

 

Hoy he vuelto a perderte

y me siento perdido.

Ahora sé que nunca vas a amarme.

Diabluras

 

Contigo todo busca ese inicio:

El Edén, la Manzana, la Serpiente.

Contigo todo lo que quiero miente

y el amor no es amor, es solo vicio.

 

Contigo solo soy el precipicio

que dejó de caerse de repente.

La voz que anuncia el fin, el precedente

que duele hasta morir y que codicio.

 

Contigo es la verdad incomprensible

y la mayor mentira la manera

de resolver las cosas. Mi tormento.

 

Contigo lo posible es imposible

por mucho que lo intente, aunque no quiera.

Contigo lo peor es lo que siento.

Desde el dolor hasta el dolor

 

Tiende el dolor que llevo a contagiarme,

a convocar la pena de mis ojos

y del dolor que por mis manos nace

tan solo duelo y duele cuando lloro.

 

Pesa tanto la pena que no cabe

tanta pena en mi vida. De otro modo,

ese tormento inútil se me abre

y sangra y hiere, y me apasiona todo.

 

Soy el dolor que llevo y que resisto

sin apenas quererlo aunque lo quiera,

la desazón que cada mal padece.

 

El placer de sufrirme, porque insisto,

es mío para siempre, hasta que muera.

Es el dolor que tengo, que me crece.

La duda de los muertos

 

He dejado pasar la vida toda,

año tras año, día a día y puedo

correr hacia la muerte que me implora,

retroceder despacio. En silencio.

 

Se me partió el amor en la memoria

y me olvide de todos mis deseos.

Solo quiero esconderme entre las hojas

vacías que llenaba con mis sueños.

 

Nada hará que se inicie nuevamente

el ciclo de los mares en mis venas.

Me adentraré en la sed de los desiertos.

 

Oscuro como el tiempo que me queda

me iré de mis poemas de repente

convertido en la duda de los muertos.

Desde el menos uno

 

Nadie puede rehacer el alma

que se cae a pedazos,

el alma que sigue rompiéndose

con la facilidad de los cristales.

 

Nadie puede levantar el vuelo

si no le quedan alas

para ejercer el impulso del aire

y escapar de la tierra que muerde.

 

Todo parece tan fácil

cuando alcanzo la altura de tus ojos,

cuando busco ser como tú y consigo

enderezar la voz que me derrumba.

 

Todo parece tan en su sitio

que podría contar los amaneceres

como el que cuenta palabras de amor

antes del primer beso.

 

Nadie puede sumarle sueños

al hombre que me queda en los bolsillos,

porque ya solo ansío de las noches

su oscuridad perpetua y generosa.

 

Todo vuelve a ser hambre de silencio

en esta vida que ni es vida apenas

y vuelvo a ser vacío en el vacío.

Y sin ti no soy nada más que menos.

Susurrando tequieros sin palabras

Puedo querer como quieren las aves

que derrotan al viento entre sus alas.

Puedo iniciar la mar para tus labios

y apaciguar mareas en tu espalda.

 

Reconocer mis ganas de abrazarte

al sentir el dolor de tu mirada,

arrancarte la muerte de las manos

y ocultarla de ti cada mañana.

 

Puedo llorarle a Dios y suplicarle

que me deje vivir entre tus lágrimas,

asolar lo que tanto te entristece

y descubrir la risa de tu alma.

 

Puedo quererte tanto y de tal modo

que casi todo te parezca nada.

Quererte como nadie te ha querido,

susurrando tequieros sin palabras.