De la verdad que sabemos


Dime que no es verdad y que lo sientes

tanto como yo siento hacerte daño.

Que no, que ni te miento, ni te engaño.

Que no, que ni me engañas ni me mientes.

 

Dime que nada queda aunque lo intentes

y que me extrañas como yo te extraño.

Que cada amor esconde un desengaño

y que el dolor hará que lo lamentes.

 

Confiesamelo amor, dímelo todo

que no sirve de nada que intentemos

esconder con malicia lo que hicimos.

 

Que te pido perdón y te perdono.

Que sí, que duele, pero nos queremos

hoy mucho más de lo que nos quisimos.

 

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Para tus penas, mis versos. ( Dedicada a Carmen Jiménez)


Llevo un fuego encendido por las manos

y una larga caricia hasta tu nombre.

Llevo un río atrapado entre los labios

que amamanta la sed que da la noche.

 

Llevo un largo camino que me alcanza

y se agranda en mis ojos, y se expande

en la luz que te abriga y que te abraza

cuando el frío se asoma por las calles.

 

Llevo al cielo y al mar en los bolsillos

y te traigo en mis lágrimas la lana

que acompase el suspiro de tu pena.

 

Llevo encima la risa de los niños

cuando bailan al son de la Tarara.

Llevo adentro los versos del poeta.

 

No puedo sin tus caricias


 

Puedo iniciarme en la mirada

más apática del tiempo

o en la soledad de las olas,

cuando la mar se apodera del odio

y de las mediocridades.

 

Alzarme ante la violencia

que desmigaja el paso firme del hambre,

y gritar como un reo que olvidó sus condenas

en las calles de los adolescentes.

 

Puedo morirme y resucitarme

como si Lázaro volviera a ser Lázaro

y la carne acaecida de sus ojos

insistiera en lloverse en los cielos.

 

Crecer hasta convertirme

en un dolor hecho a medida

y soñarme como el que sueña amantes

en las esquinas más sucias de la tierra.

 

Puedo con el peso de mi cuerpo

y de mi propio espíritu;

con el peso de mi vida y de mi muerte

y de todas las vidas y las muertes

que me quedan por enterrar aunque no quiera.

 

Hurtarle al amor esa ilusión perfecta

y robarle al odio cualquier atisbo de humanidad.

Lamer las piedras hasta convertirlas

en polvo, y en piedras de mi propio polvo.

 

Puedo gritar sin miedo a equivocarme

y hasta puedo asumirme en el silencio

de los que olvidaron las palabras

en los poemas más suicidas de este mundo.

 

Puedo arrodillarme ante ti

y pedirte perdón setenta y siete veces,

pero no me pidas que olvide las noches

que callan cada ausencia y que se apagan

sin el olor que escancian tus caricias.

 

Vuelvo a ser del asco.


El asco me convoca

una vez y otra vez hasta envolverme.

Me muerdo la verdad y me debato

entre el asco de mí y el asco de las horas.

 

Me desacierto y vuelvo a ser de asco,

de la basura que me desarraiga,

y vuelvo a ese dolor profundamente mío

que puede hasta escupirme en mil pedazos

del hombre que no soy aunque parezca.

 

Me convierto en el asco

que me produzco cuando me requiero,

y me doy hasta arcadas

cuando me miro al fondo

y miro lo que queda, y soy lo que me queda.

 

Me vomito y soy eso

que todo lo deshace y soy la bilis

amarillenta y ácida de un beso

con olor a podrido.

 

Ya ni siquiera espero

el milagro de estar, o hasta de convertirme

en un desecho seco y agrietado

de una mentira que nadie se cree.

 

Y vuelvo a ser del asco que me produce el asco

de mi propio desbarro y de mi penitencia.

De lo irrepetible


Tu voz se me diluye en la memoria

y me dejo vencer en este guerra.

Soy lo que solo tu cordura encierra,

loco de esta locura transitoria.

 

Tus ojos son el resto de mi historia

y por mirarlos vago por la tierra,

y es tu boca esa lanza que no hierra,

que se me clava y que me sabe a gloria.

 

Tus manos son dos pájaros iguales

 acariciando el cielo y son tus manos

esa verdad perfecta y milagrosa.

 

Y son tus tibios labios dos chavales

jugando al escondite como hermanos

Y tu beso. Tu beso es otra cosa.

Del principio del fin


 

He de volver al fin desde el principio

para encontrar la espera que me sirva,

y descansar de tanto eterno vicio

que se repite impropio por la vida.

 

He de olvidar el tiempo de los libros

y el sufrimiento de las despedidas.

Sobrevivir al asco del inicio

y regresar al guiño de las prisas.

 

Me volcaré en los ojos de las dudas,

me envolveré en los brazos de la guerra

y moriré como mueren los hombres.

 

Y pasarán los días que me nublan.

Y quedarán las noches, y la espera

más dulce de la muerte que me toque.

 

 

 

 

Y lágrimas seremos a millares


Susurraré despacio mi llegada

y olvidaré el olor de mi partida.

Escucharé lo que tu voz me pida

y acudiré en silencio a tu llamada.

 

Me inventaré en los surcos de la azada

para iniciar un mundo en otra vida

y otro mundo perfecto que me mida

lo que me mide el miedo en la mirada.

 

Por ti seré la siembra y la cosecha

del fruto que producirán mis huesos,

y de mí crecerán todos los mares.

 

Y ya no dudaré, ni habrá sospecha

que crezca en la tibieza de mis besos.

Y lágrimas seremos a millares.

De nuestra verdad


Quiero nacer de ti, crecer en tus entrañas

para saber lo que al mirarme sientes.

Quiero ser como tú y si me mientes

entender el porqué. Así te desengañas.

 

Quiero oírte decir lo mucho que me extrañas

aunque no sea cierto y aparentes

olvidarme. Y quiero que me cuentes

si de verdad te atraigo, o tan solo me engañas.

 

Quiero verme en tus ojos y quererme de veras

y ser quien enamora y no quien se enamora

para olvidarte a tiempo y que me sueñen otros.

 

Y quiero hacerlo ya, sin más esperas

ni excusas, ni silencios. Hoy, desde hoy y ahora.

Hazlo por mí, o al menos por nosotros.

 

De tu boca


Debajo de tus besos

siempre encontraré

la humedad que esperan mis labios

para florecer.

Sabor a muerte


El vientre de la noche

reposa ecuánime entre los ojos

deliberados de mis desgracias,

insistiendo en nacer en cada suspiro.

 

Se hace hiel la oscuridad

gimiendo como un niño de pecho

sin madre, ni padre, ni hermanos

que la recuerden cariñosamente.

 

Me nombra la luz que no poseo;

me dedica un poema de amor,

aunque la odie más de lo que odié

jamás a nadie. Me persigue. La apago.

 

Y sigo sin ser la sombra blanquecina

del ataud de seda que luciré en mi entierro.

Y sigo siendo yo, yo y mi sombra

 repletos de tantas  oscuridades.

 

Resisto los golpes y hasta me impulsa

esa mirada suya tan pretenciosa y trágica,

diluyéndose en la última copa que beberemos

a su salud y a la mía.

 

Nunca eligiré mi propio destino

porque solo la muerte lo elige.

Y siempre tuvo  buen gusto, la malparida.