Me voy sin pedir permiso


Me esquivo a veces, otras me tropiezo

con el olor a sangre y a matanza.

Me quedo hasta el atardecer de mi venganza

y en el olvido soy y hasta me empiezo.

 

Me duelo como el humo negro del bostezo

que se evapora en ti sin esperanza,

y vuelvo a ser la voz que sufre y se abalanza

al ruego, a la súplica y al rezo.

 

Toda una vida en babia y todo un mundo

roto entre la espera del que espera

y del que no esperó porque no quiso.

 

La muerte toda mientras yo me hundo

en la inutilidad de mi quimera.

Y hoy me marcho sin pedir permiso. 

 

 

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Ríete y olvídame


Hay sangre que te hiere
y muertos a decenas en tus ojos,
y tristeza y olor a desengaño
en tus pobres caricias.
Te niegas a vivirte como un escarabajo entre desechos
y me pides que sueñe y que decida
entre tu risa imbécil y mi carne invencible.
Hoy puede que no lleguen
mis manos a tu vientre
y puede que me ría hasta de ti,
y no lo haga contigo.
Juzgarme a mí callando
resulta tan gracioso como partirte el alma
con tu acero de estúpidas certezas.
No me vengas con eso
y ríete del tiempo que te queda
perdido en el espacio de tus ojos.
Riámonos del calco de tu espejo
y de cada segundo entre segundos
y vívete y olvídame.

Tú sabes que te lo debo


Tú sabes que te debo
un pedazo de mí
y otro pedazo de ambos.
Yo no te pido nada
pero quiero asumir tu voz de medianoche
y quiero que lo intentes por ti aunque susurre,
otra mirada ajena a la que nos define.
Para mí sigues siendo
ese fugaz poema de diminutas alas
y una palabra a tiempo y una verdad a tientas,
vivida desde el ser que nos proscribe.
Atado a tu garganta te gritaré mil veces,
no importa dónde estés o hasta cuándo
y si la vida busca una luz en tu ombligo,
será porque en su fondo nació cualquier mañana
ese eterno rugido grabado a fuego,
entre las dos mazmorras de los ultraversales.
Naciste aquí blandiendo tus espadas
y vivirás aquí por mucho que te alejes.

A partes iguales


Era como mi sombra y me miraba
oscura desde el centro a la cabeza.
Enroscándose donde el miedo empieza,
a la muerte que soy me recordaba.

Hecha de negras voces me llamaba
—arrodillado yo como el que reza—
El color de sus manos, la pobreza
—el odio de su aliento deformaba—

Detrás de mí corría y con sus brazos
encadenándome se parecía
al diablo más feroz y más hambriento.

Su cuerpo era mi cuerpo hecho pedazos
y mi sangre sobre su sangre olía
a la piel putrefacta de su aliento.


Partiéndome la vida
voy a abrirme en canal y descarnarme
para sacar de mí la flor que guardo
desde que me conozco.

Sigue brotando dentro
con la fuerza de un tronco inalcanzable
y quiere armar un bosque entre mis venas
de plástico y de sangre desangrada.

Dejaré de ser hombre —dichoso el día—
una noche de éstas, la más horrible
y pasaré a ser bosque de pinares
y eternidad de dioses en la tierra.

Ninguna mala hierba en la espesura
ni un arbusto de espinos en los valles.
Un río pequeñísimo de piedras redonditas
y agua de cristales en un millar de espejos
para calmar la sed de los hidrópicos.