De lo que tú decidas

Atrévete a morirte entre mis brazos

que sigo aquí esperándote y permite

que solo con mirarte deshabite

mis ganas de escaparme de tu lado.

 

Déjame que te piense y que levite

en los huecos perfectos de tus manos.

Álzame hasta tu boca, hasta tus labios,

que quiero ser lo que te resucite.

 

Regresa a mí que te sigo esperando

y solo tú desde tus ganas puedes

volver a convertirte en mis caricias.

 

Recíbeme si de verdad me quieres

y hagamos del amor ese milagro

que llene para siempre nuestras vidas.

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De la mujer perfecta

Qué despacio se acerca a mí, callada

como un mundo sin niños, como un cielo

que no sabe tronar y que no quiere

lloverse entre las sombras de las almas.

 

Qué frágiles parecen su esperanza

y ese dolor que brota de su pelo.

Cuánto sufren sus ojos y sus pies

qué diminutos son, como sus alas.

 

Le brotan de las manos dos lamentos

como dos árboles recién plantados,

y entre sus dedos porta unas caricias.

 

Y lleva mil mujeres en los labios

y diez mil vírgenes lleva en sus gestos.

Y de su corazón laten mil vidas.

De la última caricia

Crecía dentro de mí como una certeza insalvable.

Era de luz y cegaba sin remedio.

Era un océano inhóspito, un mar imposible

en esta tierra que me pertenece por derecho.

 

Se apoderó de todo en un segundo:

De mis ojos hambrientos a la noche,

de mi boca abierta a los gusanos,

de mis manías y de mis soledades.

 

Me persiguió como una mentira

que se comete sin permiso y que se adueña

de la verdad que grita nuestra propia mirada,

y que nuestras manos imitan de forma torpe.

 

Hoy es solo otro recuerdo perdido

en lo más oscuro de mis remordimientos.

Se ha ido diluyendo por los sueños

que alguna vez tuve cuando apenas soñaba.

 

Se fue como había llegado,

lamiendo el deseo que parecía crecer

en el hueco que dejó tu última caricia.

Qué remedio

A la vida le doy lo que merece

porque vivir apenas se disfruta.

Y es que el dolor de proseguir amputa

muchos más sueños de lo que parece.

 

Todo lo que ahora nace, vive y crece,

o muere o se deshace y se transmuta.

Y somos esa espera pequeña, diminuta,

que nada vale y que desaparece.

 

De tiempo somos. Somos el segundo

que pasa y que se esfuma y que se olvida,

un segundo en las manos de lo eterno.

 

Y sin querer nos vamos de este mundo

como viene la muerte a por la vida,

o como pasa el frío cada invierno.

De mi avatar

Nada decide el aire que respiro

porque todo parece condenado.

Y sigo sin creer, y sigo atado

a la aparente duda de un suspiro.

 

Vuelvo al preciso instante en el que intento

ser lo que el mundo quiere que parezca.

Y sin embargo, sin que lo merezca,

soy lo que soy por ser lo que no siento.

 

No puedo consentir que me abandone

lo que soy cuando apenas os enseño

ese yo que tan solo yo conozco.

 

Y aunque le ponga voluntad y empeño

– que Dios, que me conoce, me perdone-

por mucho que confiese, ni yo me reconozco.

De lo que me traduce

No escribo para nadie, escribo solo,

convertido en la voz de mi existencia.

Desde el mudo silencio cuando aprende

a desistir del hombre y de su deuda.

 

No escribo para nadie  y no lo hago

porque no hay tiempo en mí, y no hay manera

de converger mis horas con las horas

de una vida que nada vivo apenas.

 

No escribo por amor o porque espere

ese milagro inútil de volver

a ser alguna vez eso que siento.

 

Escribo porque escribo sin querer

o por hacerlo como el mundo quiere

desde el dolor de mi remordimiento.

Del sacrificio

Desde el dolor he ido desarmando

cada trozo de vida que me aflige,

y he ido construyéndome a pedazos

para volver a ser lo que me pides.

 

Lo he rechazado todo. He renegado

del tiempo y de los goces que me diste,

de la mujer que adoro, de sus brazos,

de las caricias que en sus ojos viven.

 

He roto con los  juegos de la infancia,

aquellos que volvieron sin pedirlo

y que pueblan de sueños mis amores.

 

Y todo por quererte con el alma,

como nadie jamás habrá querido:

de corazón, como lo hace un hombre.

 

 

 

De la perfecta maternidad ( Dedicada a alguien muy especial)

Sonríes absolutamente perfecta,

dejándote la piel y la memoria

en cada abrazo.

Y vuelcas tus caricias como una madre

que sabe que es madre por derecho.

 

Eres madre,

porque para ser madre no hace falta

parir como lo hacen las otras;

sobra con querer como tú quieres,

mirándola como se mira a Dios

en cada beso que te inventas para ella.

 

Eres madre porque creciste madre

desde los dieciséis recién cumplidos,

y porque ella lo sabe como sabe tu nombre.

 

La vida te hizo madre

por casualidad y para siempre.

Y de la Mar creció tu propia hija.

Hasta que Dios quiera

Sigo encerrado en mí como si fuera

toda la oscuridad que la luz siente;

oculto en la razón de esta quimera

que llora suplicándole a la muerte.

 

Sigo callando cada primavera

y cada olor a vida que me miente.

Y cada duda que al silencio espera

cuando me acuerdo de mi mala suerte.

 

Sigo porque seguir es lo que queda

y continuar, aunque no continúe

y solo sepa hacerlo a mi manera.

 

Ahora, hoy, mañana, hasta que pueda

o hasta que lo resista. O me derrumbe.

Sigo esperando hasta que Dios quiera.

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