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Tú serás la voz que me recuerde

Ya no me duele nada, ya no siento
tu profunda desgana, ni tu rabia.
Todo parece derrotar al miedo,
y al hambre, y a la oscuridad y al agua.

Me vuelvo del color de la tormenta
que rompe en los temblores de las alas,
y canto por la libertad que vuela
como vuelan los árboles del alma.
 
Terminará mi nombre entre tus dedos
como se acaba el cielo,
rendido y derrotado dulcemente.
 
Y seré el que se eleve
en el llanto olvidado de un recuerdo.
Y tú serás la voz que me recuerde.

Del desengaño

Desde el remordimiento y el hastío
finges ser esa luz que no poseo.
Y para el mundo eres lo que creo
cuando sola decides lo que es mío.

Ya no puedes conmigo, no me fío
de lo que intuyo ni de lo que veo.
Tan solo queda en mí aquel deseo
que cada noche, a cada hora ansío.

He convertido el polvo de tu llanto
en mi bendita y olvidada tierra,
y a tu voz en la voz de los que mienten.

Mis sueños ya no viven de tu encanto
porque ni te desean ni te sienten.
Hoy mi dolor a tu dolor encierra.


De lo que es y lo que era

La veo como un círculo profundo,
como si fuera nada en cada intento.
Una luz tan pequeña y tan oscura
que parece perderse para el frío.

La veo desdoblándose en su imagen
de la felicidad a la tristeza.
Perfecta como el tiempo en los ojos
del fuego y del aire. Y del agua.

La busco como nace cada vida
que se aferra a los brazos de la muerte
para poder dormirse y olvidarnos.

Desde el dolor y desde la ternura
de quien quiso soñar cada minuto,
tan llena de ella misma y tan sola.

Sevicia

Caigo contra los muros de la rabia
sobre el largo dolor de tu sonrisa.
Me despedaza el mundo y me derrotas
hasta matarme tanto como sabes.

Rompo con las miradas y me aparto
para poder seguir  lamiendo el tiempo.
Me inclino ante tus misteriosas dudas 
y dejo de vivir porque no llegas.

Me precipito, lloro, te suplico
como lo hace el mar ante las rocas.
Maldigo tanta desgraciada suerte.

Me vuelco entre los labios del poema
que me decide y quiera convertirme
en la sombra del hombre a la que aspiro.

La mirada del odio

La veo traspasarme 
de lado a lado, inmisericorde;
como el puñal que todo lo atraviesa
para morir matando.

La siento cómo lanza su cinismo,
cómo vomita sangre.
Y la siento rompiéndome la boca
con su maldito beso.

Me pudre hasta que apesto.
Por donde paso huele
a su propia ponzoña.

Y desde mi interior,
convertido en el asco de mi asco
todo se descompone.

Desde mi propia muerte

Hay una estrecha línea,  delicada  
diminuta,
que separa mi herida de tu herida.
Es como la dulzura salada
de la prostituta,
que sigue arrastrándome por la vida.

Una luz encarnada
que cambia, que muta;
una luz tan amarga como mal parida.
Un todo de la nada
que hasta a los dioses disputa
en esa voluntad de su caída.

Hay un extraño olor a quererte
desde mi propia muerte hasta tu muerte.

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